miércoles, 5 de agosto de 2026

MESSI, LA RATA ARGENTINA

 


Por un capricho del destino me registraron en la ciudad de Rosario con el nombre de Lionel Messi, como también consta en mi partida de bautismo. Cuestión inaudita haber nacido en el mismo lugar y día, 24 de junio de 1987, que el mismísimo jugador de fútbol e icono nacional de la gran nación Argentina. De su hora de nacimiento nada sé, tampoco si vimos la luz en el mismo hospital y pudiera darse la probabilidad de una confusión, y Messi sea el hijo de mis padres y yo de los suyos, pero supongo que la coincidencia no será absoluta y ese detalle marcará alguna diferencia, salvo compartir la pasión por el fútbol: él como jugador y yo como hincha suyo y de los equipos donde haya pateado. Lionel Messi, por supuesto, ya superó al mismísimo Diego Armando Maradona en títulos y estadísticas, además no mete goles con la mano sino con su exquisita pierna izquierda, así como si una fuerza magnética enviara la pelota hacia las redes de la portería contraria, pues la cuestión va de pelotudos: los balones sobran, aunque no los ladrones…

Por razones obvias, de pertenencia nominal, comencé a seguir su carrera deportiva desde los inicios, cuando debutó en el primer equipo del mismísimo Club de Fútbol Barcelona, mejor conocido como Barça. A este respecto, según estudios antropológicos recientes, dicha abreviación es un simple apelativo dedicado a la memoria de Aníbal Barca, que pasó por esas tierras para cruzar los Pirineos y asediar a la mismísima Roma, algo así como tratar de hacerlo al Real Madrid, el mejor equipo del mundo y de todos los tiempos según los tarados, la gloria divina condensada en un escudo sobre una camiseta blanca; aunque no tanto como la azul  granate con el número 10 estampado en la espalda, camiseta divina que comencé a coleccionar temporada tras temporada como buen “culé”. A esta mención, los académicos aún no se ponen de acuerdo para dilucidar si dicha palabra, culé, es una muestra de cariño o una derivación del término “culero”, siendo esta última la versión más aceptada por los estudiosos del idioma.

He de constatar o dejar claro que no me parezco físicamente a mi homónimo, soy mucho más guapo y no se me cae la baba cuando hablo, pero ambos sí somos blancos, no estamos mezclados con razas indígenas como en otros países de Latinoamérica, somos, en cierta medida, europeos por cuestión de limpieza de sangre, algo predominante en mi querido país, por esa razón somos mucho mejor que el resto de los latinoamericanos bajo la mancha vergonzante del mestizaje. Es un asunto de raza que asimismo tiene su impronta en la bravura de nuestros jugadores, siempre dispuestos a ganar como sea… Ser listos forma parte de nuestra identidad, no es el simple hecho de hacer trampas cuando el objetivo es ganar, es picardía, ni siquiera un delito, es agudeza mental, actitud, lo cual valida el gol con la mano de Maradona en la final del mundial de 1986 en contra de Inglaterra, mientras que el resto del mundo, bola de pelotudos, se tragaron la injusticia con aquella “mano de Dios”. Eso nos distingue frente al resto, además de nuestro hablar empalagoso con acento italiano cuando masticamos el idioma español, así, bien masticado para hacernos notar alargando las palabras con ritmo de tango. La mayoría de los argentinos somos mejores, distinguidos por la excelencia, el pueblo elegido del Dios del Fútbol, ni siquiera los brasileños nos hacen sombra con su negritud.

Admito que pertenezco a una barra brava y mi vida está guiada por el fútbol, y es tan digno pelearse o apalear a los seguidores de los equipos contrarios a imagen y semejanza de los jugadores de nuestra selección, muy combativos cuando lucen la albiceleste con Messi como capitán. Orgulloso estoy de ellos cuando pateo la cabeza a algún boludo de otro equipo, cuando lo agarramos entre varios para darle su merecido. Es la mística del fútbol, tan importantes son los golpes como los goles, dos momentos paralelos de un mismo fenómeno: la lucha tanto fuera como dentro de la cancha. Mi propio nombre obliga, me señala para asumir dicho riesgo, defender los colores de mi homónimo al que percibo como mi otro yo, ambos en una misma dimensión temporal. Messi es el mejor de todos los tiempos, lejos le quedan Pelé, Maradona, y mucho más ese engreído de Cristiano Ronaldo; y sobre Di Stéfano prefiero no hablar porque es argentino de ascendencia italiana como yo, no un simple gallego, pero no le perdono darle gloria al equipo rival de mi adorado campeón.

Al igual que golpeo y hago sangrar a los hinchas rivales, los jugadores de mi amadísima selección nacional hacen lo suyo cuando le pegan duro al contrario, cuando fingen, cuando insultan, es como en la calle, salvo que yo no tengo a la policía comprada como ellos a los árbitros, es picardía y trampa, que también se vale en el negocio del fútbol, ya no es un deporte, es un entramado mercantilista donde la corrupción impera como en todos lados. De qué nos vamos a quejar si la sociedad es así… Bola de pelotudos quejosos… La Selección Nacional Argentina de Fútbol ya forma parte de nuestra identidad, la moldea con su comportamiento y ejemplo ante el mundo, con su camiseta albiceleste como bandera, un signo patrio, más con el número 10 impreso en el dorsal. ¡Viva Maradona! ¡Viva Messi! El fútbol es nuestra religión, nos reconforta ante las penurias de la vida, ya es cuestión política intentar adormecer a todo un país frente a la verdadera realidad de una crisis económica perpetua, por esa razón el fútbol, bendita religión, nos salva con todos sus santos.

Podrán decir lo que quieran… Que si Messi se tira; que si le regalan penales inexistentes; que si la selección Argentina es favorecida por la FIFA; que nos reímos del contrario cuando ganamos y que no sabemos perder; que somos unos ladrones; que si el Barcelona compró a José María Enríquez Negreira, vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros en España, al que pagó 8,4 millones de euros durante la época dorada de Lionel Messi, y otras cosas que podría citar… Así es el negocio del fútbol, así es la vida, no sean llorones… Messi es una rata, al igual que yo, y somos millones sus seguidores por mucho que no todos los argentinos estén de acuerdo… Somos los vivos, los listos, los tramposos, y el resto del mundo una bola de pelotudos, por mucho que España nos haya robado el mundial.



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