Por un capricho del destino me registraron en la ciudad de Rosario con
el nombre de Lionel Messi, como también consta en mi partida de bautismo. Cuestión
inaudita haber nacido en el mismo lugar y día, 24 de junio de 1987, que el
mismísimo jugador de fútbol e icono nacional de la gran nación Argentina. De su
hora de nacimiento nada sé, tampoco si vimos la luz en el mismo hospital y
pudiera darse la probabilidad de una confusión, y Messi sea el hijo de mis padres
y yo de los suyos, pero supongo que la coincidencia no será absoluta y ese detalle
marcará alguna diferencia, salvo compartir la pasión por el fútbol: él como
jugador y yo como hincha suyo y de los equipos donde haya pateado. Lionel
Messi, por supuesto, ya superó al mismísimo Diego Armando Maradona en títulos y
estadísticas, además no mete goles con la mano sino con su exquisita pierna
izquierda, así como si una fuerza magnética enviara la pelota hacia las redes
de la portería contraria, pues la cuestión va de pelotudos: los balones sobran,
aunque no los ladrones…
Por razones obvias, de pertenencia nominal, comencé a seguir su carrera
deportiva desde los inicios, cuando debutó en el primer equipo del mismísimo
Club de Fútbol Barcelona, mejor conocido como Barça. A este respecto, según estudios
antropológicos recientes, dicha abreviación es un simple apelativo dedicado a
la memoria de Aníbal Barca, que pasó por esas tierras para cruzar los Pirineos
y asediar a la mismísima Roma, algo así como tratar de hacerlo al Real Madrid,
el mejor equipo del mundo y de todos los tiempos según los tarados, la gloria
divina condensada en un escudo sobre una camiseta blanca; aunque no tanto como
la azul granate con el número 10
estampado en la espalda, camiseta divina que comencé a coleccionar temporada
tras temporada como buen “culé”. A esta mención, los académicos aún no se ponen
de acuerdo para dilucidar si dicha palabra, culé, es una muestra de cariño o una
derivación del término “culero”, siendo esta última la versión más aceptada por
los estudiosos del idioma.
He de constatar o dejar claro que no me parezco
físicamente a mi homónimo, soy mucho más guapo y no se me cae la baba cuando
hablo, pero ambos sí somos blancos, no estamos mezclados con razas indígenas
como en otros países de Latinoamérica, somos, en cierta medida, europeos por cuestión
de limpieza de sangre, algo predominante en mi querido país, por esa razón
somos mucho mejor que el resto de los latinoamericanos bajo la mancha
vergonzante del mestizaje. Es un asunto de raza que asimismo tiene su impronta
en la bravura de nuestros jugadores, siempre dispuestos a ganar como sea… Ser
listos forma parte de nuestra identidad, no es el simple hecho de hacer trampas
cuando el objetivo es ganar, es picardía, ni siquiera un delito, es agudeza mental,
actitud, lo cual valida el gol con la mano de Maradona en la final del mundial de
1986 en contra de Inglaterra, mientras que el resto del mundo, bola de
pelotudos, se tragaron la injusticia con aquella “mano de Dios”. Eso nos
distingue frente al resto, además de nuestro hablar empalagoso con acento
italiano cuando masticamos el idioma español, así, bien masticado para hacernos
notar alargando las palabras con ritmo de tango. La mayoría de los argentinos
somos mejores, distinguidos por la excelencia, el pueblo elegido del Dios del
Fútbol, ni siquiera los brasileños nos hacen sombra con su negritud.
Admito que pertenezco a una barra brava y mi vida está
guiada por el fútbol, y es tan digno pelearse o apalear a los seguidores de los
equipos contrarios a imagen y semejanza de los jugadores de nuestra selección,
muy combativos cuando lucen la albiceleste con Messi como capitán. Orgulloso
estoy de ellos cuando pateo la cabeza a algún boludo de otro equipo, cuando lo
agarramos entre varios para darle su merecido. Es la mística del fútbol, tan
importantes son los golpes como los goles, dos momentos paralelos de un mismo
fenómeno: la lucha tanto fuera como dentro de la cancha. Mi propio nombre
obliga, me señala para asumir dicho riesgo, defender los colores de mi homónimo
al que percibo como mi otro yo, ambos en una misma dimensión temporal. Messi es
el mejor de todos los tiempos, lejos le quedan Pelé, Maradona, y mucho más ese
engreído de Cristiano Ronaldo; y sobre Di Stéfano prefiero no hablar porque es
argentino de ascendencia italiana como yo, no un simple gallego, pero no le
perdono darle gloria al equipo rival de mi adorado campeón.
Al igual que golpeo y hago sangrar a los hinchas
rivales, los jugadores de mi amadísima selección nacional hacen lo suyo cuando
le pegan duro al contrario, cuando fingen, cuando insultan, es como en la
calle, salvo que yo no tengo a la policía comprada como ellos a los árbitros,
es picardía y trampa, que también se vale en el negocio del fútbol, ya no es un
deporte, es un entramado mercantilista donde la corrupción impera como en todos
lados. De qué nos vamos a quejar si la sociedad es así… Bola de pelotudos
quejosos… La Selección Nacional Argentina de Fútbol ya forma parte de nuestra
identidad, la moldea con su comportamiento y ejemplo ante el mundo, con su camiseta
albiceleste como bandera, un signo patrio, más con el número 10 impreso en el dorsal.
¡Viva Maradona! ¡Viva Messi! El fútbol es nuestra religión, nos reconforta ante
las penurias de la vida, ya es cuestión política intentar adormecer a todo un
país frente a la verdadera realidad de una crisis económica perpetua, por esa
razón el fútbol, bendita religión, nos salva con todos sus santos.
Podrán decir lo que quieran… Que si Messi se tira; que si le regalan penales inexistentes; que si la selección Argentina es favorecida por la FIFA; que nos reímos del contrario cuando ganamos y que no sabemos perder; que somos unos ladrones; que si el Barcelona compró a José María Enríquez Negreira, vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros en España, al que pagó 8,4 millones de euros durante la época dorada de Lionel Messi, y otras cosas que podría citar… Así es el negocio del fútbol, así es la vida, no sean llorones… Messi es una rata, al igual que yo, y somos millones sus seguidores por mucho que no todos los argentinos estén de acuerdo… Somos los vivos, los listos, los tramposos, y el resto del mundo una bola de pelotudos, por mucho que España nos haya robado el mundial.
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